jueves, 21 de junio de 2018

Laudatistas por la Vida


El Laudatismo es la respuesta al llamado del Papa Francisco a crear una ciudadanía ecológica que viva una verdadera cultura del cuidado de nuestra Casa Común y entre nosotros que vivimos fraternalmente en ella.
Nos sentimos llamados a generar conciencia de que el ser humano también es una criatura de este mundo, que tiene derecho a vivir y a ser feliz, y que además tiene una dignidad especialísima.
Los problemas que enfrentamos como humanidad son de dimensiones monumentales: cambio climático, contaminación, pérdida de la biodiversidad, pérdida de los recursos naturales, deterioro de la calidad de la vida humana y degradación social, y finalmente la inequidad planetaria.
Frente a la gravedad de estas cuestiones, hay muchos que en vez de resolver el problema de la pobreza y de los pobres, y de esforzarse por construir un mundo diferente, sólo atinan a proponer una reducción de la natalidad, presionando a los países subdesarrollados y condicionando ayudas económicas a ciertas políticas de salud reproductiva que incluyen la legalización del aborto (cf. Laudato Si, 50).
Estas falsas soluciones, muchas veces, sólo buscan legitimar el modelo de distribución actual, donde una minoría se cree con derecho a consumir en una proporción que es imposible generalizar, porque el planeta ni siquiera tiene capacidad de contener los residuos de semejante consumo (cf. Laudato Si, 50).
El desafío es enorme, gime la tierra y gimen los abandonados y excluidos del mundo con un clamor que nos exige otro camino. Muchas cosas tienen que reorientar su rumbo, pero ante todo la humanidad necesita cambiar. Hace falta la conciencia de un origen común, de una pertenencia mutua y de un futuro compartido por todos. Esta conciencia básica permitiría el desarrollo de nuevas convicciones, actitudes y formas de vida. Se destaca así un gran desafío cultural, espiritual y educativo que supondrá largos procesos de regeneración.
En ese sentido, lograr una convivencia pacífica entre todos, supone persistir en la lucha para favorecer la cultura del encuentro, por sobre la división y el enfrentamiento. Esto exige colocar en el centro de toda acción política, social y económica, a la persona humana, su altísima dignidad, y el respeto por el bien común. Que este esfuerzo nos haga huir de la búsqueda de intereses exclusivamente particulares y a corto plazo. La construcción de una convivencia basada en la paz y la justicia es un objetivo a largo plazo. Cuanto más difícil es el camino que conduce a la paz y al entendimiento, más empeño hemos de poner en reconocer al otro, en sanar las heridas y construir puentes, en estrechar lazos y ayudarnos mutuamente (cf. Evangelii Gaudium, 67).
En este particular momento, nos convoca la defensa de la vida. La defensa de la vida es una cuestión fundante de la comunidad política y, la afirmación por la vida, no se reduce sólo a la cuestión del aborto, o a creencias personales, u opciones individuales, sino que involucra una doble connotación: el deber vivir de cada uno y el correspondiente derecho de vivir de todos y cada uno.
De este deber/derecho de vivir han de derivarse todos los valores vigentes, valores que hagan posible el deber y el derecho de vivir; pero también, que fundamente todo el orden político económico y social: el sistema de propiedad, las estructuras sociales y las formas de cálculo económico, las normas de distribución del producto, los patrones de consumo, nuestro estilo de vida, nuestra cultura, es decir, todas las instituciones del estado y de la sociedad civil. La misma posibilidad de la vida desemboca en estas exigencias. Así, por ejemplo, un sistema de propiedad debe considerarse legítimo, en la medida en que sea compatible con la vida real y material de todos, e ilegítimo, si no es compatible con esta exigencia. Lo mismo podríamos decir de cualquier otra institución (empresa, organización, sindicato, etc.), y de las grandes institucionalidades (Estado, mercado).
El derecho/deber de vivir de todos, presupone un hecho previo, que es el mutuo reconocimiento entre todas las personas como seres necesitados, ya que cada ser humano depende del otro, sustenta al otro, participa en el desarrollo del otro, comulgando de un mismo origen, de una misma aventura y de un mismo destino común. Desmond Tutu, el obispo anglicano sudafricano, ha hecho una formulación sucinta de este argumento: “Yo soy solamente si tú también eres”. No se trata de una simple afirmación moral o ética, si bien de ella podemos sacar conclusiones tanto morales como éticas. Es una afirmación sobre la realidad en la que vivimos como seres humanos.
Cuando afirmamos: “el sentido de la vida es vivirla”, ante todo estamos reafirmando una voluntad de vivir, reivindicando una lógica de la vida que permita reorientar la organización de la sociedad por el imperativo ético de la vida: mi vida, la vida del otro, la vida de la naturaleza externa al ser humano. Y no solamente una vida “sostenible” (aunque esto es necesario), sino una vida que contenga la referencia a la plenitud humana, a la felicidad de todos.
De allí viene la relación directa entre la defensa de la naturaleza, del ambiente y del ecosistema, y la defensa de la vida como viene: “Dado que todo está relacionado, tampoco es compatible la defensa de la naturaleza con la justificación del aborto. No parece factible un camino educativo para acoger a los seres débiles que nos rodean, que a veces son molestos o inoportunos, si no se protege a un embrión humano aunque su llegada sea causa de molestias y dificultades: «Si se pierde la sensibilidad personal y social para acoger una nueva vida, también se marchitan otras formas de acogida provechosas para la vida social»" (Laudato Si, 120).
Desde esta visión, ninguna persona puede ser reducida a una opción o un cálculo. Esto significa cosificar a la persona, ocultar su valor único e irrepetible. No podemos consentir que la grandeza del hombre y su eminente dignidad quede reducida a un dato estadístico, a una molestia o a un deseo. Sólo a partir de este reconocimiento del otro, como misterio, pero también como ser natural y necesitado, es que el ser humano llega a tener derechos y se impide que pueda ser reducido a un objeto de simples opciones, de parte de él mismo o de los otros. Es, por tanto, el reconocimiento de que el punto de referencia básico, fundamental, para la evaluación de cualquier ley, o política de salud o incluso de toda organización económica institucionalizada, debe ser el ser humano en comunidad, con un valor único e irrepetible, como sujeto viviente corporal, con necesidades y derechos. Este punto de partida no puede ser el deseo o el derecho absoluto de la madre a decidir si el niño por nacer va a vivir o a morir por cuestiones subjetivas. Consideramos que eso es legitimar un individualismo egocéntrico que daña a toda la sociedad.

Por estos motivos, rechazamos también la subordinación de la persona humana a las leyes del mercado, en donde queda sometida a los intereses y a las reglas de una economía que excluye y que configura la cultura del descarte: “Así como el mandamiento de «no matar» pone un límite claro para asegurar el valor de la vida humana, hoy tenemos que decir «no a una economía de la exclusión y la inequidad». Esa economía mata. No puede ser que no sea noticia que muere de frío un anciano en situación de calle y que sí lo sea una caída de dos puntos en la bolsa. Eso es exclusión. No se puede tolerar más que se tire comida cuando hay gente que pasa hambre. Eso es inequidad. Hoy todo entra dentro del juego de la competitividad y de la ley del más fuerte, donde el poderoso se come al más débil. Como consecuencia de esta situación, grandes masas de la población se ven excluidas y marginadas: sin trabajo, sin horizontes, sin salida. Se considera al ser humano en sí mismo como un bien de consumo, que se puede usar y luego tirar. Hemos dado inicio a la cultura del «descarte» que, además, se promueve. Ya no se trata simplemente del fenómeno de la explotación y de la opresión, sino de algo nuevo: con la exclusión queda afectada en su misma raíz la pertenencia a la sociedad en la que se vive, pues ya no se está en ella abajo, en la periferia, o sin poder, sino que se está fuera. Los excluidos no son «explotados» sino desechos, «sobrantes»".  (Evangelii Gaudium, 53)

Frases del Papa Francisco sobre el Aborto y el Valor de la Vida:

"Toda vida es sagrada, hagamos avanzar la cultura de la vida como respuesta a la lógica del descarte y a la caída demográfica. El crecimiento demográfico es plenamente compatible con el desarrollo integral y solidario". Papa Francisco

No dejemos entrar en nuestro corazón la cultura del descarte, porque somos hermanos. No hay que descartar a nadie.” Discurso del Papa Francisco en una Favela de Brasil (25/07/ 2013)

La medida del modelo económico ha de ser la dignidad integral del ser humano, especialmente el más vulnerable e indefenso”. Viaje apostólico del Papa Francisco por Ecuador, Bolivia y Paraguay (05 al 13/07/2015)

La concentración monopólica de los medios de comunicación social que pretende imponer pautas alienantes de consumo y cierta uniformidad cultural es otra de las formas que adopta el nuevo colonialismo. Es el colonialismo ideológico. Discurso del Papa Francisco en la Clausura del II Encuentro Mundial de los Movimientos Populares en Bolivia (09/07/2015)

"Los organismos financieros internacionales han de velar por el desarrollo sustentable de los países y la no sumisión asfixiante de éstos a sistemas crediticios que, lejos de promover el progreso, someten a las poblaciones a mecanismos de mayor pobreza, exclusión y dependencia." Discurso del Papa Francisco ante la ONU (el 25/09/2015)

Encíclica Laudato Si (Sobre el Cuidado de la Casa Común)

43. “Si tenemos en cuenta que el ser humano también es una criatura de este mundo, que tiene derecho a vivir y a ser feliz, y que además tiene una dignidad especialísima, no podemos dejar de considerar los efectos de la degradación ambiental, del actual modelo de desarrollo y de la cultura del descarte en la vida de las personas”.

158. "En las condiciones actuales de la sociedad mundial, donde hay tantas inequidades y cada vez son más las personas descartables, privadas de derechos humanos básicos, el principio del bien común se convierte inmediatamente, como lógica e ineludible consecuencia, en un llamado a la solidaridad y en una opción preferencial por los más pobres. Esta opción implica sacar las consecuencias del destino común de los bienes de la tierra". 

Exhortación Apostólica Evangelii Gaudium (La Alegría del Evangelio)

56. "Mientras las ganancias de unos pocos crecen exponencialmente, las de la mayoría se quedan cada vez más lejos del bienestar de esa minoría feliz. Este desequilibrio proviene de ideologías que defienden la autonomía absoluta de los mercados y la especulación financiera. De ahí que nieguen el derecho de control de los Estados, encargados de velar por el bien común. Se instaura una nueva tiranía invisible, a veces virtual, que impone, de forma unilateral e implacable, sus leyes y sus reglas. Además, la deuda y sus intereses alejan a los países de las posibilidades viables de su economía y a los ciudadanos de su poder adquisitivo real"
212. Doblemente pobres son las mujeres que sufren situaciones de exclusión, maltrato y violencia, porque frecuentemente se encuentran con menores posibilidades de defender sus derechos. Sin embargo, también entre ellas encontramos constantemente los más admirables gestos de heroísmo cotidiano en la defensa y el cuidado de la fragilidad de sus familias.
213. Entre esos débiles, que la Iglesia quiere cuidar con predilección, están también los niños por nacer, que son los más indefensos e inocentes de todos, a quienes hoy se les quiere negar su dignidad humana en orden a hacer con ellos lo que se quiera, quitándoles la vida y promoviendo legislaciones para que nadie pueda impedirlo. Frecuentemente, para ridiculizar alegremente la defensa que la Iglesia hace de sus vidas, se procura presentar su postura como algo ideológico, oscurantista y conservador. Sin embargo, esta defensa de la vida por nacer está íntimamente ligada a la defensa de cualquier derecho humano. Supone la convicción de que un ser humano es siempre sagrado e inviolable, en cualquier situación y en cada etapa de su desarrollo. Es un fin en sí mismo y nunca un medio para resolver otras dificultades. Si esta convicción cae, no quedan fundamentos sólidos y permanentes para defender los derechos humanos, que siempre estarían sometidos a conveniencias circunstanciales de los poderosos de turno. La sola razón es suficiente para reconocer el valor inviolable de cualquier vida humana, pero si además la miramos desde la fe, «toda violación de la dignidad personal del ser humano grita venganza delante de Dios y se configura como ofensa al Creador del hombre».
214. Precisamente porque es una cuestión que hace a la coherencia interna de nuestro mensaje sobre el valor de la persona humana, no debe esperarse que la Iglesia cambie su postura sobre esta cuestión. Quiero ser completamente honesto al respecto. Éste no es un asunto sujeto a supuestas reformas o «modernizaciones». No es progresista pretender resolver los problemas eliminando una vida humana. Pero también es verdad que hemos hecho poco para acompañar adecuadamente a las mujeres que se encuentran en situaciones muy duras, donde el aborto se les presenta como una rápida solución a sus profundas angustias, particularmente cuando la vida que crece en ellas ha surgido como producto de una violación o en un contexto de extrema pobreza. ¿Quién puede dejar de comprender esas situaciones de tanto dolor?

16/06/2018. El Papa Francisco expresó sobre el aborto selectivo, eugenésico, lo siguiente: “He escuchado decir que está de moda, o al menos es habitual, en los primeros meses del embarazo hacer ciertos exámenes para ver si el niño no está bien o viene con algún problema. La primera propuesta en aquel caso es “¿lo tiramos?”: el homicidio de los niños. Para tener una vida tranquila se elimina un inocente.»
«Cuando era chico, la maestra nos enseñaba Historia y nos decía lo que hacían los espartanos cuando nacía un niño con malformaciones: lo llevaban a la montaña y lo tiraban abajo para cuidar la pureza de la raza. Y nosotros quedábamos aturdidos: “¿Pero cómo? ¿Cómo se puede hacer esto? ¡Pobres chicos!”. Era una atrocidad. Hoy hacemos lo mismo. ¿Ustedes se preguntaron por qué no se ven tantos enanos por la calle? Porque el protocolo de muchos médicos –muchos, no todos— es hacer la pregunta: ¿Viene mal [el embarazo]? Lo digo con dolor. En el siglo pasado todo el mundo se escandalizaba por lo que hacían los nazis para cuidar la pureza de la raza. Hoy hacemos lo mismo pero con guantes blancos.”

"El don divino de la vida debe ser promovido, custodiado y tutelado desde la concepción hasta su ocaso natural". (Instagram, 19/06/2018)


"Hay una vida humana concebida, una vida en gestación, una vida salida a la luz, una vida niña, una vida adolescente, una vida adulta, una vida envejecida y consumada y existe la vida eterna. Hay una vida que es familia y comunidad, una vida que es invocación y esperanza. Como también existe la vida humana frágil y enferma, la vida herida, ofendida, envilecida, marginada, descartada. Siempre es vida humana".
"La defensa del inocente que no ha nacido, por ejemplo, debe ser clara, firme y apasionada, porque allí está en juego la dignidad de la vida humana, siempre sagrada, y lo exige el amor a cada persona más allá de su desarrollo. Pero igualmente sagrada es la vida de los pobres que ya han nacido, que se debaten en la miseria, el abandono, la postergación, la trata de personas, la eutanasia encubierta en los enfermos y ancianos privados de atención, las nuevas formas de esclavitud, y en toda forma de descarte" 
(Papa Francisco, al recibir a los participantes en la XXIV Reunión General de la Academia Pontificia para la Vida, 25/06/2018)

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